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Experiencia vespertina

Hola amigos fetichistas. Me llamo Andrés, soy de Alicante y tengo 33 años. Ante todo tengo que confesar que soy fetichista de pies desde mi tierna infancia, mucho antes de saber que ese tipo de inclinaciones estaban relacionadas con el sexo. He conocido muchas mujeres –aunque no tantas como me hubiese gustado- y aún me quedan por conocer muchas más –aunque no tantas como me gustaría- y, salvo casos excepcionales, he tenido oportunidad de disfrutar de los pies de todas ellas. Os voy a contar ahora mismo una de mis experiencias la cual aconteció hace unos tres años.

La historia comienza un día caluroso de mediados de julio cuando alrededor de las ocho de la tarde recibí una llamada telefónica. Era mi amiga Teresa. Quería verme para ver si podía hacerle un favor.

Aproximadamente una hora después nos encontramos en un ‘pub’ cercano a mi casa. Teresa es una chica dos años menor que yo, alta de estatura, entrada en carnes pero sin poder ser clasificada como ‘gorda’, con el pelo liso y castaño con mechas rubias y unos pies de ensueño. Recuerdo perfectamente que aquel día calzaba unas sandalias sin talón, muy ligeras y frescas. Los dedos de sus pies acababan en unas largas uñas pintadas de color rojo Burdeos. La piel era blanca, casi transparente, dándoles una agradable sensación de suavidad y pureza. La verdad es que físicamente Teresa no era gran cosa pero sus pies eran deliciosos y siempre había deseado poseerlos cosa que hasta la fecha no había tenido oportunidad.

Me contó que en su casa estaban haciendo unas molestas obras de albañilería por lo que el piso estaba inhabitable y me preguntó si podía quedarse en mi casa hasta que acabasen las obras –apenas tres días- ya que mi edificio se encontraba tan sólo a diez minutos de la oficina donde trabaja. Por supuesto accedí inmediatamente a su petición ante su regocijo, y el resto de la velada lo empleamos en charlar, recoger sus pertenencias básicas –ropa, neceser de belleza, cepillo de dientes…- y trasladarlo a su momentáneo hogar. Esa misma noche se instaló.

Cuando me levanté a la mañana siguiente, Teresa ya se había marchado a trabajar. Tenía horario de verano –de ocho de la mañana a dos de la tarde- motivo por el que debía madrugar. Antes de salir dejó el desayuno preparado -todo un detalle- y, ya que me encontraba de vacaciones, decidí prepararle una buena comida para cuando llegara como devolución del anterior detalle.

Al llegar a casa lo primero que hizo fue quitarse su elegante ropa –un traje de chaqueta y falda corta de color turquesa y unas sandalias negras de medio tacón- y colocarse algo más fresco –un vestido negro estampado con flores amarillas que le llegaba justo por encima de las rodillas y unas chanclas veraniegas-. Seguidamente dimos buena cuenta de las suculentas viandas que yo mismo había preparado, así como de una botella de Rioja rosado bien frío.

Tras la comida y la correspondiente limpieza de vajilla, nos sentamos a ver los programas de cotilleo de la sobremesa -¡qué horror de programas: no se les ven a las invitadas los pies! Teresa se fumó un cigarro y dijo que estaba cansada y que se iba a su habitación a echarse una siesta.

Al principio no le di mayor importancia y continué viendo la televisión, pero después se me encendió una bombilla…

Media hora después de su retirada comencé a caminar lentamente por el pasillo. Su habitación era la última de la izquierda. Desde la lejanía pude observar que la puerta no estaba totalmente cerrada sino que había dejado un espacio como de cuatro dedos para que corriese el aire. El corazón se me quería salir del pecho, la boca la tenía completamente seca, la respiración entrecortada, me temblaban las piernas, sudaba en frío y tenía una erección descomunal.

Al llegar junto a la puerta me puse de rodillas y agudicé el oído. El único sonido que provenía del interior era el de un desvencijado ventilador que le presté para que mitigara el calor nocturno. Puse aún más atención y entonces pude escuchar el sonido rítmico de su respiración. Me pareció que estaba dormida y me decidí a entrar.

Gracias a Dios las bisagras de la puerta no chirriaron absolutamente nada. Dentro de la habitación reinaba una semipenumbra perezosa debido a que Teresa había bajado la persiana casi hasta abajo para que no entrase el sol. Me deslicé hasta los pies de la cama y poco a poco fui levantando la cabeza.

La vista que se presentó ante mi era majestuosa. Allí estaba Teresa echada en la cama panza arriba, con las manos entrelazadas bajo los pechos y sus regordetas piernas ligeramente separadas. De su boca de fresa entreabierta regularmente escapaban suaves ronquidos.

Y ante mí las plantas de sus pies. Maravillosas. Rosadas, perfectas, de vista agradable. Instintivamente acerqué mi nariz para olerlas. No estaban sudadas pero desprendían mucho calor. Su olor acre me embriagó. En ese momento tuve mi primera eyaculación. Seguidamente intenté tocarlas. Empecé por las puntas de sus dedos. Sobresalían ligeramente sus uñas. Pasé las yemas de mis dedos por el canto y por toda la superficie de la uña del dedo gordo del pie izquierdo. Volví a acercar la nariz a sus delicadas plantas. Estiré la lengua y se las lamí ligeramente.

Repentinamente cesaron los ronquidos y me lancé al suelo apresuradamente. No se oía nada. ¡Qué situación tan embarazosa! Tras unos instantes de tensión se volvió a escuchar su respiración acompasada y continué con la exploración de sus pies.

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Ahora me fijé en su talón. La piel de esa zona era más rugosa que la del resto pero, aún así, era más suave de lo normal. Volví a sacar la lengua a pasear y le lamí suavemente el talón. Segunda eyaculación. El puente de su pie era perfecto. Me fui hacia atrás para tener una visión en perspectiva de las dos plantas. Emocionante… ¡hasta me saltaron las lágrimas!

Repetí la misma operación con el pie derecho y después de eyacular una tercera vez me senté en el suelo y estuve contemplando sus pies durante más de veinte minutos. Transcurrido ese tiempo, ella cambió de postura y se colocó sobre el costado derecho, dejando al descubierto parte de su glúteo. Abandoné la habitación tal y como había llegado: arrastrándome.

Tres cuartos de hora después apareció Teresa en el salón y se dejó caer lánguida y somnolienta en el sofá. Entre bostezos encendió un cigarrillo y me comento que la siesta le había sentado fenomenal. Me dijo que había tenido un sueño muy extraño que estaba relacionado con sus pies pero que no lo podía recordar con exactitud.

Día tras día la situación se repetía hasta que se cumplieron los cinco días –la obra se prolongó dos jornadas más- y Teresa regresó a su piso. Desde entonces he vuelto a coincidir con ella en múltiples ocasiones pero nunca podré olvidar sus bellos pies y sus maravillosas plantas. Incluso me decidí a entablar una relación estable con ella por ese simple motivo pero un estudiante de psicología varios años menor que ella se me adelantó… ¿sería fetichista ese chico?